UNAM, 1968-UNAM, 2018: sólo se parecen en el 8

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Estamos a menos de un mes de la conmemoración de los 50 años del movimiento de represión del gobierno contra estudiantes, que alcanzó el punto del asesinato masivo la noche del 2 de octubre de 1968. En el marco de la remembranza vemos a la UNAM agitada, envuelta en trifulcas y paros de labores.

Pero en nada se parecen las circunstancias de entonces y ahora. Compararlas es confundir la magnesia y la gimnasia. Recordarlo nos dará perspectiva.

En el “Movimiento del 68” hay un acontecimiento-base: una pelea entre alumnos de la Preparatoria Isaac Ochoterena y alumnos de una vocacional. Fue un pleito ocurrido tras un evento deportivo, en el que un grupo de granaderos entró para disolverlo, pero actuó con  fuerza desproporcionada, que dejó un enorme saldo de heridos.

Eso dio pie a que se hiciera una marcha de inconformidad por la brutalidad aplicada por el grupo policiaco en contra de estudiantes. A la inconformidad juvenil, el gobierno de la Ciudad de México, y luego el federal, fueron respondiendo con represión. Y a mayores muestras de intolerancia, crecían también las manifestaciones de inconformidad por los grupos estudiantiles.

Con el paso de los días se sumaron demandas ideológicas –”Presos políticos, libertad”–. El pliego petitorio creció en condiciones y en grupos adheridos a la protesta, hasta derivar en la exigencia de la disolución del cuerpo de granaderos. La inconformidad tomó forma de Movimiento (el del 68). A cada paso, el gobierno fue respondiendo con una escalada de violencia.

Se empezó a leer, políticamente, que detrás de todo esto había fuerzas intentando un derrocamiento de Estado. De ahí que el presidente Díaz Ordaz, aterrado y artero, crédulo de la conjura conspiracionista, sumó al Ejército –léase las fuerzas armadas– contra las instalaciones universitarias y los grupos de estudiantes –desarmados–.

La desproporcionada reacción del gobierno federal sacó todo de control y derivó en uno de los peores episodios políticos-sociales del México moderno: el asesinato de cientos de estudiantes, la aprehensión y tortura de otros cientos más, la represión absoluta, la pérdida de una generación y su conciencia, una herida que a la fecha seguimos intentando reconfigurar en cicatriz.

Lo que vemos hoy, 50 años después, no es un movimiento estudiantil planteando una manera diferente de hacer las cosas o un enfrentamiento contra los gobiernos local o federal. Es un duelo entre estudiantes y autoridades unamitas. Grupos de choque entre la comunidad universitaria. Pelea intestina.

Encontramos a los Colegios de Ciencias y Humanidades (CCH) planteles Azcapotzalco, y Naucalpan en paro indefinido, al igual que a la Preparatoria 5, que a lo largo de los primeros días de septiembre han sido apoyados por otros 40 planteles educativos, con paros de horas y protestas masivas.

Todo comenzó cuando un grupo de estudiantes del CCH Azcapotzalco se manifestó en Ciudad Universitaria para protestar por inconformidades administrativas en su plantel. Ahí, un grupo de “porros” irrumpió en la marcha, con una golpiza monumental contra estudiantes, dejando seriamente heridos a decenas. El clamor del colectivo de la UNAM creció, entonces, exigiendo la aprehensión y salida definitiva de los grupos que acosan, desde hace años, a todos los planteles de la casa de estudios. Porros cobijados por grupos de interés de la casa universitaria. Pero el conflicto, en todo momento, está dentro de la universidad y no se extiende a ningún nivel de gobierno.

Sin embargo, la especulación y la opinión política han ido más lejos: comienzan a apuntar hacia oscuros intereses que pretenden desestabilizar la transición política que se avecina a partir del 1 de diciembre, cuando el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) asuma funciones oficiales.
¿Quién organizaría algo así? Las especulaciones abarcan a todos: al PRI, al PRD e incluso a Morena. Que unos ganarían capital político. Que indicarían que Morena no es tan poderoso como se ha dicho. O que es gente de AMLO que, en el fondo, siempre ha querido la Rectoría de la UNAM y encontró el momento ideal para derrocar a Enrique Graue.

Lo cierto es que, hasta hoy, no hay conexión visible, y el gobierno mexicano no es un actor aquí. Es violento e indeseable. Exhibe, sin duda, sectores fuera de orden y gobierno en la UNAM. En el territorio de los porros y los anarcos nadie gana. Tampoco AMLO. Toda la casa (de estudios) pierde. Pero, ¿Compararlo con el 68? No. La magnesia y la gimnasia.

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