Pierde a tres hijos durante la masacre de Irapuato

Arael Jiovany, de 27 años, tenía cuatro meses de haber salido del anexo ubicado en la comunidad de Jardines de Arandas de Irapuato, «buscando el camino a su recuperación».

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La tarde del miércoles acudió a la instalación para llevarle un refresco a sus hermanos Omar, de 39 años, y Cristian, de 30, quienes ingresaron hace menos de un mes.

El joven albañil se encontraba en la puerta del centro para adictos con uno de los encargados cuando al menos 7 hombres arribaron en dos vehículos, ingresaron y dispararon contra Arael, su acompañante, sus hermanos y otros 22 internos; cinco más quedaron heridos.

«Mi hijo estaba aquí en la casa y lo mandé para que les llevará un refresco a sus hermanos. Fue en ese momento que agarraron a todos y me mataron a mis tres muchachos», cuenta consternada Rosalba Santoyo, quien en 8 años ha perdido a cinco hijos. Los otros dos fallecieron en accidentes.

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«Aquí no hay historia de nada, ¿Cuál historia?, ¿quién me regresará a mis hijos», añade la mujer quien pegó fotografías de sus hijos en una pared de su cocina.

La sede del anexo es una casa de dos plantas, con patio amplio y una ventana parcialmente tapiada con ladrillos. Según vecinos, tenía menos de dos años en funcionamiento y aproximadamente 40 personas estaban recluidas, la mayoría lugareños y de localidades aledañas.

Al menos 13 familias de este pueblo perdieron a un ser querido en el ataque, por eso las calles lucieron ayer desoladas. 

A las 11:00 horas, el centro de rehabilitación fue custodiado por al menos una docena de elementos de la Fiscalía General del Estado de Guanajuato como parte de las averiguaciones, mientras decenas de medios de comunicación permanecían en las inmediaciones.

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«A mi sobrino lo ingresaron porque recayó en su droga. Él le decía a su mamá que se sentía muy mal y le pedía que lo metiera al anexo; pero como ya lo habían metido en otras ocasiones al mismo lugar, siempre salía y recaía. Pero en esta ocasión, él sólo ingresó y ya no se quiso salir. ¡Dijo que quería componerse!» platicó Virginia Acosta, tía de Marco Antonio Castillo, de 32 años.

La familia de Jorge Bravo Alvarado, de 26 años de edad, lo recordará como un joven callado, que no se metía con nadie.

Aunque su padre Refugio Bravo reconoce que su hijo, sí tenía un problema de adicciones, pero no se merecía morir de esa forma.

«Mi hijo ya tenía tres veces que ingresaba a un lugar de estos (anexo). Él tenía una adicción, pero él no era malo, no se metía con nadie. No merecía morir de esta manera», sostuvo.

Jorge ingresó hace tres meses al anexo por consumo de drogas y le faltaba poco para salir y rehacer su vida, contó su padre.

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«¡Siento mucha impotencia por lo sucedido!,¡me duele mucho que haya pasado esto!, ¡por qué existe gente así que le haga esas cosas a inocentes!

«No sabemos si alguien los haya mandado a hacer esto, ¡No sabemos nada!», reprochó.

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JVR

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