Las cuentas de Rosario van quedando sin misterios

 

Rosario Robles ya era el nombre protagónico del que brotaban los círculos concéntricos de fraudes millonarios en la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) y la Secretaría de Desarrollo Agrario Territorial y Urbano (Sedatu), mientras ella fue titular de ambas dependencias, en lo que se ha conocido como “la estafa maestra”. Las noticias de esta semana desgranan –y fundamentan– todavía mejor esos desvíos, provenientes del erario.

La acusación se basa en descubrimientos de la Auditoría Superior de la Federación: ahora se supo que de los 1,900 millones de pesos (mdp) asignados a ambas secretarías, 700 millones fueron transferidos, en efectivo, a 10 domicilios.

Al estilo de las más refinadas bandas de lavado de dinero, se contrataron camionetas de traslado de efectivo –Tameme, Cometra y Panamericano– y durante tres años fueron haciendo acarreo (desvíos, saqueos, use la palabra que más le guste). ¿Que cómo justificaban esas auténticas carretonadas de dinero? Pues diciendo que eran pagos por contratos inexistentes en medios de comunicación locales, de distintos estados del país.

El robo se describe como una operación planeada, sistemática, cuidadosa. Los detalles que se ofrecen (las direcciones, las cantidades, las fechas) dan sustento a la acusación de desvío de recursos. Eso y que sea la Auditoría misma quien lo registró en sus reportes.

En las cámaras del Legislativo estalló la bomba. Hubo manifestaciones reprobatorias de Morena, Movimiento Ciudadano y Acción Nacional en el Senado, mientras que el flamante diputado Mario Delgado declaró, categórico, que la participación de Robles en la “estafa maestra” está acreditada.

A todo esto, ¿Qué ha respondido Robles? Que no tienen pruebas contra ella. Eso. Que faltan pruebas, nada más. Su defensa ha sido más que débil: las irregularidades están ahí, pero “faltan pruebas”, ha dicho en la radio y la prensa. Y también se ha manifestado en Twitter. Desde su cuenta ha retado a duelo a Reforma (el diario que más ha puesto el dedo en esa llaga). Bueno, un duelo legal, porque dice Robles que “le muestren las pruebas frente a la PGR”.

Antes de que concluya septiembre en curso, Robles Berlanga deberá comparecer frente al Congreso, no por este caso, sino por seguimiento al Sexto Informe de Gobierno, al igual que los otros secretarios de estado. Claro que el llamamiento a cuentas por parte de los legisladores promete espectáculo en tiempo real.

La funcionaria, dicen, está en el ojo de Morena. Y la sed de venganza puede ser transexenal. Hoy, el único que la ha apoyado públicamente y en voz bajita, es el exsecretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. Todos comienzan a dar pasitos hacia atrás. ¿Cómo será esa soledad en el siguiente sexenio?, ¿Será ella el próximo expediente expiatorio, como lo fue el Quinazo, o la carpeta de Raúl Salinas e, incluso, el equivalente a la detención de la maestra Gordillo?


El tiempo (en breve) lo dirá. Lo que no deja de llamar la atención es esa propensión de Rosario Robles por asociarse a escándalos pecunarios. En el 2000 descubrieron su “cochinito”, que más bien era un lodazal que se armó con la empresa Publicorp. Bajo un mismo esquema –contratos inflados por servicios de publicidad– Rosario reunió 200 mdp que usarían para fondear campañas de su entonces partido, el PRD.

Dicen que el tiempo lo borra todo, hasta las heridas de amor, pero la verdad es que muchos recordamos que hace 17 años se le asoció con otros “movimientos económicos extraños” realizados por su entonces pareja Carlos Ahumada, desvíos que ella dijo no ver porque entonces estaba enamorada y, como todos sabemos, el amor es ciego.

Así que una vez más en su trayectoria política, Rosario Robles se ve envuelta en la sospecha del desvío, de los malos manejos, de la corrupción. Para ser inocente, trae el santo de espaldas. Habría que rezarle un Rosario, Robles.



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