Fake news desencadenan linchamientos

“Fuente Ovejuna” volvió a ocurrir, más siniestra que nunca, auspiciada por lo peor de la era digital: noticias falsas (fake news) que corrieron como pólvora de WhatsApp a Facebook, a la plaza de un pueblo que quemó vivos a dos personas que nunca habían tratado de secuestrar a un niño, como se rumoraba.

Sabíamos que podía ocurrir. Lo temíamos. Y ya pasó: podemos achacar, directamente, a las fake news en redes sociales, la violentísima muerte de seres humanos y la conversión en asesinos de un puñado de personas. (Ahora que se sabe que era falso que fueran secuestradores, ¿Podrán dormir los verdugos con mentalidad de grupo?)

De hecho, bajo el mismo mecanismo de desinformación –noticias falsas que circulan, imparables, por las redes sociales– se promovieron dos linchamientos. Los hechos ocurridos el pasado 29 y 30 de agosto, en municipios de Puebla e Hidalgo, en los que sus habitantes mataron a cuatro personas.


Acatlán de Osorio, en Puebla y Santa Ana Ahuehuepan, Hidalgo, están en boca de todos desde los linchamientos ocurridos en estos municipios el pasado 29 y 30 de agosto, sin embargo, la oleada de noticias falsas sobre el secuestro y robo de niños que se ha viralizado en las plataformas digitales, y que ha generado pánico y violencia en la sociedad, ya se extendió a 13 estados del país.

 

Fiscalías y autoridades de estados como Chihuahua, Tamaulipas, Baja California Sur, Jalisco, Durango y Colima, a través de sus redes sociales advierten a la población que no existen denuncias sobre casos de desaparición o rapto de menores e invitan a no viralizar los audios y mensajes que circulan al respecto.

Pero con la crisis de credibilidad que tienen los gobiernos locales, estos intentos por tranquilizar a la comunidad no es suficiente.
En lo que va del 2018, tan solo en Puebla, 17 personas han muerto por linchamientos, otras 203 se han salvado en 146 intentos de linchamiento.

Hoy, otro caso donde una muchedumbre harta de la inseguridad toma cartas en el asunto se vivió en la Ciudad de México. Los hechos ocurrieron en San Mateo Tlaltenango, donde los pobladores retuvieron al hombre y lo llevaron hasta la iglesia, donde sonaron las campanas para reunir a los demás habitantes y lo golpearon hasta matarlo.


Podríamos hacer un análisis de estos eventos desde distintas aristas. Desde la incapacidad de las autoridades por defender el estado de derecho de los acusados; su responsabilidad en el hartazgo de los mexicanos por la falta de justicia, el sentimiento de miedo que todos vivimos, y cómo todos estos factores propician sociedades violentas. Pero sin duda, la peor crítica dentro de este contexto de vulnerabilidad emocional que vivimos, es para nosotros mismos como sociedad.


Debemos hacer un alto y preguntarnos por qué hemos permitido que la ineficiencia en el sistema de seguridad nos haya convertido en un pueblo sin la capacidad de exigir sus derechos. Capaz de organizarse, pero para tomar la vida de otras personas.

Con nula sensibilidad, al grado de hacer de este atroz hecho un festival de videos y transmisiones en vivo a través de Facebook, tal como en el capítulo de Black Mirror, en el que la gente “del futuro”, ya sin empatía por el prójimo graba y comparte la desgracia de otros en vez de ayudar y detener una situación extrema.

Ha habido ocasiones, cientos en todo el mundo, en las que las redes sociales han organizado la ayuda humanitaria, la denuncia a favor de los Derechos Humanos. En el otro lado de la moneda, se han convertido en fuentes de mentiras letales y pozos de odio a los que no se le ve fin. ¿Acaso cualquier foráneo que visita una población está en peligro de muerte?, ¿Habrá quien pueda detener la tecno-paranoia que crece a pasos agigantados, por encima de la cordura?

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